Dos recuerdos me vienen de inmediato a la memoria. Respecto a la película “À nos amours” está la famosa escena del hoyuelo, que fue improvisada. Era al final del día, íbamos a cortar y de pronto hubo ese momento de improvisación en el que Pialat mezcló lo que estaba escrito y lo que yo había podido contarle: mi hoyuelo, mis dientes (mis ratiches decía yo entonces). Un momento de una gran complicidad entre un señor que todavía no tiene hijos -y que está lleno de amor- y una niña.
En cuanto al rodaje, recuerdo una mañana que hacía mucho frío y yo llegué con una pequeña chaqueta; Pialat me dijo: “¡Pero si hace un frío que pela! ¿No tienes algo que abrigue?” Y en el descanso nos fuimos a Chevignon y me compró zapatos y un montón de ropa. Sentía mucha ternura por mí, se comportaba como un padre o un padrino. Antes del rodaje nos fuimos a localizar, yo no sabía que a los actores nunca se los lleva a localizar. Nos fuimos a Hyères (yo cogía el avión por primera vez, Maurice pensó en traerme unos pequeños prismáticos) y él estaba muy emocionado al verme descubrir el avión y el cielo. Nos encontramos con Cyril Collard en Hyères y fuimos a comer a un restaurante al borde del mar. Me hizo descubrir las gambas. Yo no tenía el paladar educado y no me gustaron. Él empezó a poner mala cara. Luego fuimos a la playa. Él fue a bañarse solo y al volver fui a bañarme yo. Él le dijo a Collard: “No aguanto más a esta chica, voy a echarla, no quiere bañarse conmigo porque tiene miedo de mi, le parece que estoy gordo y viejo, le doy asco”. Cyril Collard me dijo: “Maurice está muy enfadado. Si sigues así te va a echar”. Yo no entendía nada, era muy ingenua. Por suerte luego se le pasó.
Todo el mundo me decía: “¡Trabajas con uno de los más grandes!” Yo no me daba cuenta. Me había enseñado su película “Nosotros no envejeceremos juntos” y en aquel momento me había aburrido por completo y se lo dije. Se sintió herido. En realidad mis recuerdos de “À nos amours” son bastante complejos. No rodamos el guión escrito, la película pronto integró elementos de mi vida, de mi relacion con mi padre y con mi madre, de la que le había hablado mucho a Maurice… Parece ser que está basado en la familia Langmann, pero Claude Berri no se reconocía para nada en la familia de la película y yo reconozco en ella un poco de mi madre, en la histeria y en los golpes repentinos. Yo no notaba las tensiones en el rodaje, pero sí me di cuenta de que Evelyne Ker seguía pegándome después de que se terminasen las tomas. Yo pensaba que era porque estaba muy metida en su papel… Maurice, al que le encantaba echar leña al fuego, vino a verme: “Está celosa. ¿Ves?, ¡sigue pegándote cuando no hace falta!” Por aquel entonces aquello no me molestaba mucho, conocía bien la violencia.
Me dijo: “Ya verás, no te encontrarás con muchos directores como yo”. No le creí, pero era del todo cierto; pienso mucho en él. Cuando me hice mayor estuve contenta de trabajar en películas “normales” en las que las relaciones eran sencillas. Privilegié eso antes que el resultado de las películas. Pero me di cuenta de que en la mayoría de los rodajes se pierde el tiempo con cosas que no se verán nunca (falsos raccords, objetos que brillan y demás chorradas) que matan lo esencial. Y hoy en día esa clase de cosas me sacan de quicio. Cada vez más. Lo único que hay que hacer es buscar la verdad, esto es lo más importante que me transmitió Maurice.
-Sandrine Bonnaire entrevistada por Jean-Baptiste Morain para Les Inrockuptibles.
¿Qué me dice de alguien como Joyce Carol Oates? Una escritora tan prolífica…
Es un monstruo que debería ser decapitado en un auditorio público, en Shea o en un campo de exterminio junto con cientos de miles. (risas) ¡Hace todos los graffiti en los lavabos de caballeros y de señoras y en todos los retretes públicos de aquí a California ida y vuelta parándose en Seattle de camino! (risas) Para mí, es la criatura más odiosa de Norteamérica.
¿La conoce bien?
La he visto una vez. Verla es odiarla. Leerla, vomitar.
-Truman Capote entrevistado por Lawrence Grobel.
Los censores no entienden cómo funciona el ser humano, ni entienden el proceso creativo. Ni siquiera entienden la función social del arte y la expresión a través de él. Alguien podría decir, y puede que tuviera razón, que no tienen por qué hacerlo. Si crees que el de censor es un oficio noble, entonces no hace falta que entiendas nada. Solo tienes que entender la censura.
- David Cronenberg.
Madrid es injusto con los calamares. En Madrid un calamar sólo tiene personalidad después de frito. En los merenderos de la Bombilla es frecuente tomar calamares con un vino blanco de la Rioja o de Burdeos, sin duda para que la tinta se aclare en el estómago, pero no se pasa de ahí. ¿Cuáles son las costumbres del calamar? ¿Qué filosofía es la suya? ¿Qué moral tiene? Rarísimo será el madrileño que acierte a contestar estas preguntas, y, sin embargo, todas ellas tienen contestación.
“El calamar”. Julio Camba, 1908.
Political correctness has gone far beyond humanity’s perception of what is real or not. (…) The fact remains that having kids is a global religion, and women who don’t breed are seen as lacking of humanity, not complete as a person, and in many cultures as evil. I tell you what, this is all bullshit. Non-breeders keep a healthy balance to the planet and pay more taxes than anyone else! I don’t want to become an Easter Egg not knowing what surprise will come out. No thanks!
Imagine if every single woman on the planet would breed 3 to 5 kids. Oh dear. The planet’s resources are getting lower and lower due to overpopulation. I think we shouldn’t evolve any further and stop breeding monsters, or better to say: Vampires.
Generally breeders think their kids will be smarter than them; more gifted, more intelligent, prettier, much wiser than they are, superhuman, and so on… They think they have the right to own all the space available, and don’t care at all about anyone but their little family. (…) Why when I drive, should I allow a 4x4 Vampire Carrier to pass before me at junctions when they never do it for me? Why should I have a clown face each time I see a mother pushing that chair? Why everyone acts like a mongoloid when they see a child? It has become such an unnatural behaviour. People are fake, and clearly forced into it because of the absolute political correctness, because they want to be liked, and not because they feel it at heart.
Gaya Donadio (vs. Las Palabras) entrevistada en Vita Ignes: Corpus Lignum.
The girl wrote a story. “But how much better it would be if you wrote a novel,” said her mother. The girl built a doll-house. “But how much better if it were a real house,” her mother said. The girl made a small pillow for her father. “But wouldn’t a quilt be more practical,” said her mother. The girl dug a small hole in the garden. “But how much better if you dug a large hole,” said her mother. The girl dug a large hole and went to sleep in it. “But how much better if you slept forever,” said her mother.
“The Mother”, Lydia Davis.
I was bridesmaid when my mother married Mr. Mason in Spanish Town. Christophine curled my hair. I carried a bouquet and everything I wore was new, even my beautiful slippers. But their eyes slid away from my hating face.
“Wide Sargasso Sea”, Jean Rhys.
I think mother is flirting with a man from her past who is not Father. I say to myself: Mother ought not to have improper relations with this man “Franz”! “Franz” is a European. I say she should not see this man improperly while Father is away! But I am confusing an old reality with a new reality: Father will not be returning home. He will be staying on at Vernon Hall. As for Mother, she is ninety-four years old. How can there be improper relations with a woman of ninety-four? Yet my confusion must be this: though her body is old, her capacity for betrayal is still young and fresh.
“A Man from Her Past”, Lydia Davis.
¡El César! Se para en el umbral para sostener mejor su gloria. Está descuidado de higiene y se le ha rasgado el raso del calzón. Lleva una sandalia chapoteada de barro. La esposa se le adelanta, cohibida y trémula -¡tan pocas veces le ve que le parece vivir en categoría de novia!-. Musculoso y barbado la envuelve el Emperador, dándole sus besos, besos abstenidos en Italia o en Flandes, en largas noches de campamento, y que prorrumpen ahora, imperialísimos, como los de un campesino feliz. Ella, asustadita y fragante, siente la inmovilidad del aprisionamiento, la barbilla y la nariz aplastándose en el torso del amado, el busto entero dentro del abrazo, el amorcillo cincelado de la empuñadura de la espada mortificando su delicada preñez. Levanta la mujer el iris de color violeta y se ve tan cerca… ¡tan cerca del César! ¡Dios mío! ¡El César! ¡Qué hombre!
“La Emperatriz y el Tiziano”. Juan Gil-Albert, 1929.
El estribillo de una célebre canción de las Juventudes Hitlerianas, Wilde Gesellen, reza: “para nosotros el Sol no se pone”. Esta idea de un Sol que brilla de forma permanente está en consonancia con la gran importancia de la luz y el fuego dentro de la cosmovisión nazi. Para Hitler, su encarnación máxima es la esvástica, que representa el movimiento incesante y rotatorio del astro. Para la propaganda, así como para gran parte del pueblo alemán, es el propio Hitler quien lo encarna, ya que, dado que las apariciones públicas del Führer solían coincidir con un tiempo inusualmente soleado para el clima habitual, los días de buen tiempo pronto pasaron a ser referidos como Hitler-Wetter o Tiempo de Hitler.
“Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo”. Rosa Sala Rose, 2003.
I know a maiden fair to see,
take care!
She can both false and friendly be
Beware! Beware!
Trust her not,
she is fooling thee!
“Beware”. Henry Wadsworth Longfellow, 1839.
Mi hermana, mi salud, tienes la espalda recta de contemplar palmeras. Eres orgullosa como la sal depositada en la herida. Cuando pierda la memoria me entretendré recordando los veranos de San Sebastián o Brighton, camas que crujen. He destrozado el estilo de mi escritura por complacer al mundo, y el mundo no merece más que insultos. Mis días se terminan entre abogados criminalistas y saltimbanquis, mis días se terminan en el vinagre de los camarotes, se terminan cuando tú te traslades a bordo de un expreso, más lánguida, más vieja, y un lacayo a sueldo te entregue un telegrama y yo estaré boca arriba en la ambulancia y alguien aplicará un fonendoscopio a mi pechera almidonada en exceso que no late.
“Escenas en un picnic”. Eloy Tizón, 1992.